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El Cascanueces de Ballet Concierto: una coreografía de anhelos
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El Cascanueces de Ballet Concierto: una coreografía de anhelos
Descubre la escalera de sueños de El Cascanueces: de ratoncito a hada de azúcar. Tres generaciones, un mismo escenario, 44 años de magia.
Por Mariana Betancourt y Brandon Cruz
11 de diciembre de 2025
Antes de que abra el telón de El Cascanueces, Andrea Ayala amarra sus puntas. Cruza las cintas rosadas una, dos, tres veces, lazo. Respira. Prueba el piso, cierra los ojos y comienza a bailar. Sin música ni tempo, escucha el ritmo de su intuición que lidera los sueños que la persiguen a ella y a todos los bailarines de El Cascanueces de Ballet Concierto de Puerto Rico.
Los ratoncitos aspiran a transformarse en angelitos. Los ángeles quieren llegar a ser Clara. Clara fantasea con bailar como las españolas. Las españolas miran hacia la mujer de nieve. Y ella, todas, anhelan convertirse en la hada de azúcar, en Andrea Ayala. El ballet centenario es, para quienes danzan, una coreografía de anhelos en la que cada personaje imagina su próxima encarnación.
Es sostenido por más de 200 personas: músicos de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Puerto Rico, técnicos que manejan luces y telones, coristas y veteranos de las bellas artes que entienden el teatro como un pacto de fe colectiva. Se reúnen desde hace 44 años para ofrecer un regalo navideño envuelto en tul y Pyotr Ilyich Tchaikovsky, compositor ruso de la pieza de ballet clásico (1892).
Ayala, bailarina veterana de 26 años, ha pasado por Nueva York, Moscú y Praga, pero se enamoró del ballet en este Cascanueces, hace 20 años como ratoncito. En esta edición debuta como el hada de azúcar, rol que comparte con la reconocida bailarina puertorriqueña, Faviana Quiles y que considera «la cima».
También interpreta a la reina de las nieves y a una de las mirlitones: «Siento una presión de poder interpretarlo correctamente y darle la justicia que merece una música tan hermosa».
En el séptimo piso del estudio de Ballet Concierto, Ayala sonríe cuando se le pregunta por qué baila: «Me gusta usar mi cuerpo y poder hablar de otra forma que no sea verbal. Interpretar algo que no sea yo».
Tiene una sombra, o más bien dos: cuatro ojos que observan y que también se visten de Clara. Son Alana Echevarría y Carola Ricci, las dos adolescentes que este año comparten el rol protagónico en la producción de Ballet Concierto.
Tienen 13 años y una disciplina que desafía su edad. Son amigas, compañeras de colegio y Clara. Transitan juntas el camino del salón de clases al escenario, donde se reparten los roles de Clara, amiga de Clara y Polichinelas.
«Me asombra ver cuánto he crecido porque empecé un angelito y ahora soy Clara. Nunca me lo imaginaba», dice Carola.
Alana tampoco lo esperaba. «Para mí fue una sorpresa porque fue mi primer año audicionando y nunca pensé que lo iba a hacer», confiesa.
Ambas descubren que dar vueltas en el escenario fortalece su amistad. «Me emociona porque me gusta hacerlo y más con una amiga porque la paso aún mejor», dice Carola. Para ellas, el ballet exige honestidad. «Si ella hace algo bien se lo digo y si tiene algo que mejorar también se lo digo», afirma Alana, quien comenzó a bailar a los 9 años. Carola empezó a los 2.
Están emocionadas y ansiosas, pero la emoción pesa más. «Cuando uno baila, uno se olvida de todo y te concentras en ti», reflexiona Carola. «Yo puedo, yo puedo, yo puedo», es lo que se repite Alana antes de pisar Bellas Artes por primera vez.
Para Víctor Gili, director artístico de Ballet Concierto, la unión entre generaciones que se ve en el Cascanueces y entre sus bailarinas es un regalo: «Es muy saludable tener esa ambición de querer crecer, de querer llegar cada vez más lejos, de poder dominar una serie de personajes dentro de una misma obra».
La motivación de los bailarines es el motor de una producción monumental que comienza en octubre: más de 200 personas participan en el montaje, entre los 80 músicos de la orquesta, los 60 coristas y cerca de 100 bailarines.
Este año marca un hito. «En mis años que llevo aquí con Ballet Concierto (desde 2010), es la primera vez que nos estamos nutriendo del patio. Todos los bailarines son de Ballet Concierto. No tenemos artistas invitados», dijo Gili.
El Cascanueces, para Dafne Díaz, directora educativa de Ballet Concierto, es tan perpetuo como la Navidad. «La danza es inherente a nosotros los humanos y el ballet nunca va a morir».
Dafne Díaz baila desde que tiene memoria. Para ella, el ballet es más que movimiento: «Es una forma de expresión que trasciende palabras y conecta generaciones».
Dafne Díaz, directora educativa de Ballet Concierto, comparte el anhelo de inspirar a los menores. «La mayor gratificación cuando cierra el telón es ver a los estudiantes felices», afirma.
Veinte años después, siente lo mismo que Carola Ricci al bailar. «Siento que todos mis problemas se van», dice la niña de 13 años.
Recuerda sus comienzos de ratoncito. A las bailarinas más jóvenes no les regala un cascanueces, sino algo mejor: un consejo de quien sabe lo que cuesta cada plié. «Aunque parezca lejano llegar a ser hada de azúcar, ya están encaminadas».
Lo dice porque sabe. Porque fue ellas. Lleva más de una década pisando este escenario y todavía, cada vez que la luz posa sobre ella, se siente como Alana Echevarría, como si fuera su primera vez.

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